martes, 30 de julio de 2013

La enfermedad y sus demonios.



Para los sumerios, la primera civilización que se tiene noticia (4.000 A.C), las migrañas eran causadas por la Mano del Espíritu de la Muerte un demonio que causaba además las parálisis, la locura y los problemas gastrointestinales. Su tratamiento consistía de masajes con ungüentos a base de plantas medicinales y aromáticas mientras un sacerdote disfrazado de pez que representaba el dios de la magia rezaba: “sal de aquí, como la leche materna que de la mama emana/ como el sudor que el cuerpo transpira/ como las gotas de sudor que en la frente se forman/ como la ventosidad que el ano suelta/como la orina que de la entrepierna gotea/, como el eructo que la garganta expele/ como el moco que la nariz produce y como el cerumen que el oído segrega”.[1]

Al lado de lo tremendamente curioso del texto, resalto el sentido biológico del conjuro, subyace en él una connotación natural que sitúa la enfermedad como cualquier otro producto de nuestro cuerpo, un fluido, una excreción, una reacción orgánica normal que hace parte de nuestro proceso normal de vida. Tal vez este pueblo antiguo ya conocía del ciclo natural de las enfermedades y sin embargo entendían  que no se hacía mayor cosa si a la vez no se trataban en el enfermo aquellas otras afecciones que abatían su espíritu.
Rescato por ello de la medicina autóctona de las culturas antiguas e indígenas de cada geografía, la forma dual como conciben el tratamiento de la enfermedad: por un lado el uso de elementos curativos como plantas y minerales destinados a aliviar el malestar físico y por otra parte pero no menos importante los ritos y rezos destinados a aplacar los quebrantos del alma del paciente.  De esta forma, comprendemos que la enfermedad es un proceso integral que involucra nuestro cuerpo pero igualmente nuestro estado anímico y emocional en todo su conjunto, todo lo que altere esto último tiene el potencial de afectar nuestro organismo.

Cuando se habla de demonios y espíritus en un rito de curación automáticamente asociamos todo esto a lo supersticioso, que en último termino se encasilla en argumentos subjetivos y un tratamiento del asunto poco serio. Sin embargo, al revisar la definición de demonio, encontramos a pensadores de la talla de Platón refiriéndose a ellos como seres encargados de otorgar el saber y guiar al humano, lo que permite olfatear una asociación espiritual entre enfermedad y conocimiento.

No es necesario sustentar en textos o civilizaciones antiguas, nuestra idea de que la enfermedad es un proceso interdependiente que une el ámbito emocional consciente e inconsciente con nuestra fisiología y morfología.  La medicina psicosomática, la psiconeuroinmunología entre otros desarrollos científicos están confirmando este planteamiento. 

Las enfermedades aunque abominables en sí, son manifestaciones biológicas que conllevan una información valiosísima sobre nosotros mismos y nuestra realidad, el mundo que vivimos.  En su lenguaje cifrado corporal registran nuestras experiencias de vida y su impacto a nivel psíquico lo que ofrece a la vez una perspectiva integral y humana de tratamiento y curación.

Cuando soportamos etapas de alta ansiedad debido a alguna circunstancia compleja por la cual estamos atravesando: excesiva presión laboral, conflictos de pareja, deudas, etc. Uno de los primeros síntomas manifiestos son los problemas relacionados con conciliar o mantener un ciclo normal de sueño.  Lo peor es que durante esas largas horas recorriendo cada zona de la cama sin poder hallar la entrada al descanso reparador, nuestra mente se empeña en repasar con memoria fotográfica todos los problemas, conflictos  y detalles que intranquilizan nuestro ánimo de tal forma que a la sensación de cansancio se suma el agotamiento mental producto de la preocupación.

Educados para buscar soluciones rápidas y eficaces, como lo imponen estos tiempos, nos tomamos cualquier pastilla mágica que nos recomienden o si acaso somos muy responsables con nosotros mismos pedimos ayuda médica profesional que en último termino se centrará en realizar los estudios y chequeos para formular los fármacos recomendables a nuestro perfil clínico. 

Dejando de lado y casi que menospreciando la incidencia de nuestros problemas emocionales en estos trastornos, esos mismos que nosotros sospechamos son los directos causantes de nuestro insomnio.  Como por instinto preferimos aliviar momentáneamente nuestros malestares físicos que entrar a reflexionar las circunstancias de vida que experimentamos y su relación directa con la aparición de nuestra enfermedad ya que en esencia estos dos aspectos no son independientes el uno del otro sino que por el contrario la evolución de nuestra vida emocional y afectiva determina nuestro nivel de vitalidad.

Antes de ir al médico o si quiere al tiempo, pregúntese que demonio interior no lo está dejando conciliar o mantener tranquilamente el sueño y ello es tan sencillo como preguntarse: ¿qué está pasando en mi vida en estos momentos?  ¿qué me tiene intranquilo?  ¿cuál es aquella preocupación que no da sosiego a mi mente? ¿Cuál es la inquietud que sufre mi alma desde hace tiempos o recientemente?.

De la franqueza de sus respuestas depende su propio diagnostico emocional lo que determina el posible tratamiento a emprender en el plano personal. En otras palabras, es necesario determinar porque su mente no le permite descansar, que quedó pendiente por hacer y aun sigue en mora de ejecutar.  Entre más claridad con respecto a esto, describiendo las cosas con las palabras justas y en su sentido real, mucho mejor.  Una vez logre precisarlo, no queda mas opción que enfrentar el problema e idear las posibles soluciones.

Sé que suena simple y fácil y que en la vida real las cosas no suelen funcionar así, por eso es mas cómodo tomarse un somnífero que hacer esto otro. Pero también es cierto que aun cuando el problema sea gigante y muy complejo, el permanecer inmóvil sin ninguna iniciativa dejando que por la obra de Dios las cosas cambien, tampoco es algo muy sensato.  De lo que se trata es de comenzar a implementar acciones para solucionar los problemas que nos afectan anímicamente, no de solucionarlos inmediatamente aunque eso sería lo deseable.

Cuando usted se atreve a hacer cosas diferentes frente a sus problemas, ya le está perdiendo el miedo a sus demonios y el miedo es el sentimiento que paraliza e inmoviliza sus acciones. Lo mejor es que cuando usted toma conciencia y busca cambios, su cuerpo inmediatamente lo detecta y comienza a actuar en consecuencia con su mente, desarrollando el mismo  las reacciones internas necesarias para restaurar el ciclo normal vigilia sueño.

Poco a poco, la ciencia sin ser su propósito original, va legitimando la práctica médica que incorpora un ejercicio espiritual más allá del meramente físico. 


En el 2012 la Universidad de Ryerson en Toronto (Canadá) hizo un estudio sobre 93 personas a las cuales les hicieron diligenciar un cuestionario de preguntas sobre sus hábitos de sueño y posteriormente les hicieron una prueba práctica en la cual encerrados solos en una habitación con luz y posteriormente a oscuras los estimularon con ruidos estentóreos e inesperados. Se observó que las personas que manifestaron tener problemas de sueño eran las que peor reaccionaban en la habitación a oscuras, mostrando más miedo y nerviosismo que los que decían dormir fácilmente.[2]

Del estudio, aún pendiente de más trabajo científico, se deduce una relación directa y estrecha entre miedo e insomnio, las personas que tienen dificultades para conciliar o mantener un ciclo de sueño normal por lo general son aquellas que tienen más prevención cuando la luz se apaga.  En este caso, la mitad de los insomnes reconocieron su temor a la oscuridad, la otra mitad a pesar de no reconocerlo actuaron durante la prueba práctica con el mismo miedo que los que fueron sinceros respecto a este punto.

Por supuesto que lo que muestra el estudio ni es concluyente ni explica el insomnio en general, sin embargo corrobora lo que hemos venido diciendo en cuanto a la forma como una emoción, un demonio interior llamado miedo puede ocasionar un trastorno en nuestra salud, sin que nosotros seamos conscientes del hecho.  

Por mi parte puedo decir que muy valientes los que no temen a la oscuridad, de verdad que los admiro porque desde que éramos aun tiernos bebes nos sometieron a unos miedos terribles con esas canciones de cuna con que nuestras mamas, abuelas y tías nos obligaban a dormir rápido so pena  de que un “coco” nos iba a  comer o nos llevaba hacia no sé qué lado, con eso lo que hicieron finalmente fue arruinarle el sueño a cantidad de generaciones a lo largo de los tiempos.[3]






[2] http://www.quo.es/salud/no-quiero-dormir-sin-luz. Consultado el 29 de Julio de 2013.
[3] Sospecho que la culpa de todo esto era la impaciencia del dueño de casa.

1 comentario: