El mito de Atenea o la enfermedad
como fuente de sabiduría.
Es indudable
que el dolor, las enfermedades y el hombre nacieron el mismo día. Nuestros antepasados, todos esos “homos” que
nos antecedieron evolutivamente hasta llegar a la especia humana tal y como la
conocemos hoy, seguramente lo debieron
haber vivido constantemente en cada uno de sus quehaceres: conseguir alimento, buscar
refugio seguro, proteger a sus crías, todo conllevaba algún riesgo o amenaza de
las que si bien salían vivos por la buena fortuna, de seguro quedaban heridas
que en el peor de los casos les podían causar la muerte. [1]
Ahora bien,
precisar el momento en que el hombre comenzó a experimentar dolores de espalda,
de muelas o el común y corriente dolor de cabeza es una labor bastante
ambiciosa por decir lo menos; basta tener en cuenta que así como nosotros el
resto animales también sufren dolores de igual o peor naturaleza que los que
nosotros padecemos y por ende, es muy probable que las primeras enfermedades
que hoy conocemos las sufriera algún primate en el África ecuatorial hace 5 o 4 millones de años.[2]
Si nos
impulsamos y damos un salto largo en la historia y caemos en la Antigua Grecia,
las enfermedades desde siempre han estado importunando la vida de los hombres y
de los mismos dioses. A diferencia de
nuestra era, para los griegos los dioses
estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres y no al revés, y por tanto
los dioses eran seres inmortales, con poderes extraordinarios pero también bastante
humanos, muy pasionales, que además sufrían como cualquier mortal con dolores
tanto del alma como del cuerpo.
De esto no se
salvaba ni el mismo Zeus, el Rey de los dioses del Olimpo. Cuenta la historia
que alguna vez Zeus estaba desesperado, dando gritos estruendosos por todo el
firmamento por un dolor de cabeza imposible de soportar. Solo Hefestos, dios del fuego, pudo calmar el
tormento dándole un soberbio hachazo en toda la frente, emergiendo de la herida
Atenea, diosa de la sabiduría, la estrategia, de las artes, de la justicia y de
la habilidad.
Sin intentar
hacer un riguroso análisis de este episodio y solo circunscribiéndonos a los
acontecimientos, es evidente que a Zeus le dio un ataque de migrañas, él mismo
que en momentos de desesperación provoca darse contra las paredes o abrirse la
cabeza con un hacha. Algunas versiones
ulteriores de este mito añaden que Zeus antes de ser embestido por Hefestos, se
sumergió en las frías aguas del lago
Tritón deseoso de hallar reposo a su tormento, tal y como lo hace cualquier infeliz desgraciado
cuando es presa de una punzante jaqueca.[3]
El elemento que
merece importancia en este punto es que toda enfermedad, esconde una fuente
preciosísima de sabiduría, es una veta de conocimiento e información que nos
ilustra sobre nosotros mismos y nuestra vida.
La enfermedad le da la oportunidad a Zeus de sacar de su propio ser el
conocimiento y la inteligencia, encarnado en la figura de la diosa Atenea, siempre
virgen e incorruptible, racional y estratégica que no es seducida por las
pasiones e intereses egoístas del mundo y que por siempre ocupa uno de los
sitiales en la cumbre del Olimpo como una divinidad principal.
Entonces llego
la hora de repensar y redefinir las
enfermedades, consideremos que además de ser causa de sufrimientos, dolor,
angustia y pena, hay que también concederles
un don especial que solamente a través de los griegos pudimos inferir
gracias a su fascinante cultura y cosmogonía: la enfermedad nos permite tomar
conciencia de nuestro mundo interior, en otras palabras nos habla de nuestra
mente y nuestro espíritu y de la posibilidad de conocerse uno mismo para
alcanzar la verdadera sabiduría como lo dice Sócrates.
Es nuestro deber
encontrar la forma en que podamos utilizar esa
información codificada de la enfermedad,
y convertirla en elemento valioso de nuestro propio beneficio, en el
motor hacia la curación del alma y del cuerpo. Para Hipócrates, padre de la
medicina, y también para sus antecesores, la salud era el resultado de un
equilibrio básico entre el espíritu y las condiciones físicas, cuando se
alteraba esa armonía aparecían las enfermedades.
Pues bien,
siguiendo este razonamiento, toca determinar en un principio cuáles son esos
factores desestabilizantes que atentan contra nuestro bienestar, eso mismo que
no deja que mi vida sea feliz y plena es también la causa emocional de mis
quebrantos de salud. No hace falta ir donde un psicólogo o algo parecido,
aunque si lo cree necesario hágalo, pero mas allá de eso pregúntese ¿qué deseo
ser en mi vida y qué es aquello que me lo impide?. En la respuesta encontrará la
razón emocional de su enfermedad y con su solución me atrevo a decir que
también el tratamiento para la curación.
Sin embargo,
la respuesta a estos dos interrogantes no es fácil si antes no se ha hecho un
trabajo previo de continua reflexión. Saber que quiero ser y hacer es de hecho
la cuestión más importante de todas, porque ella determina en gran medida el
grado realización frente a la vida, define si cada día arroja un balance
satisfactorio o si por el contrario solo es rutina que evidencia de forma
palpable nuestra frustración.
A veces es más
fácil saber primero lo que no quiero hacer en mi vida porque paradójicamente es
lo mismo que actualmente estamos haciendo, es nuestra lamentable realidad. Me
encuentro haciendo algo que definitivamente no me gusta y ello me produce
tristeza cada vez que reflexiono y soy consciente de ello. Y ojo que no estoy
hablando solo de trabajo como puede parecer, me refiero también al aspecto
sentimental (¿estoy con la persona que quiero?), a la relación con mi familia
(¿me gusta tenerlos cerca?), con mis amigos (¿son de verdad amigos?), conmigo mismo
(¿me aprecio como soy?) etc.
Piense si en
cada uno de los aspectos de su vida usted se siente satisfecho, si no es así,
medite cual es la recompensa que obtiene de hacer lo que no quiere: un sueldo, compañía,
status, etc. Ahora contémplese haciendo
lo que usted sospecha o imagina que ha querido ser y además con las mismas o
mejores recompensas que actualmente está obteniendo haciendo lo que no le
gusta. Agréguele a lo anterior una salud envidiable, porque si usted hace lo
que quiere ser, por añadidura gozará de excelente salud. [4]
No cree que
vale la pena transformar su vida en procura de estos objetivos. Tómese su
tiempo, observe su vida en retrospectiva y analice que aspecto de su vida le
genera inconformidad, haga el ejercicio y visualice como le gustaría que
fuera. Hasta este punto ya tiene mucho
ganado porque ha podido determinar que quiere para su vida en ese aspecto en
especial. O si quiere también puede transportarse a los momentos de su vida
donde disfrutó lo que hacía, o donde
estaba con las personas que quería o se sentía a gusto con su apariencia, etc.
De lo que se trata es que usted traiga todos esos momentos y los convierta en
su proyecto de vida de ahora en adelante.
Muy
probablemente después que haga esto lo primero que va a llegar a su mente son
todas las 90 mil razones para desestimar y echarle tierra a estos pensamientos. Va a poner todos los 100 mil obstáculos y
otro tanto de personas para hacer esto imposible en lugar de comenzar a pensar
que hago para que mi día a día comience a cambiar, porque esto necesita una determinación
diaria de cambio para que nuestro mundo se transforme o como mejor lo decía
Gandhi “sé tú el cambio que quieres ver en el mundo.”
Hace poco un
amigo me decía que uno de las cosas que mas lo indisponía y que era capaz de
dañarle un buen día era el tráfico de la ciudad. Intento evadirlo de muchas
formas, cambio sus rutinas de trabajo, en lo posible no salía sino para lo
estrictamente necesario, pero cuando salía de la casa por alguna razón siempre
volvía su mal genio. Hasta que un día se decidió y compró una motocicleta y
decidió probar a ver cómo le iba.
La última vez
me dijo que estaba encantado, que salía cada vez que quería sin molestarse ni insultar
a nadie, que incluso además de no lidiar con el trafico, ahora gastaba menos en
gasolina, en impuestos, en peajes que esa idea había sido una maravilla y que
además estaba pensando en vender el carro porque ya no lo veía como algo
necesario. De esto hablo cuando me refiero a las pequeñas transformaciones: si
algo es de verdad insoportable para nosotros no nos quedemos solo en la interminable quejadera, hagamos cosas para
que nuestra realidad cambie, de lo contrario si se queda sin hacer nada está
demostrando que aquello por lo que alega tanto no es tan insoportable como usted
dice.
Pero tranquilo
que no estará solo en su conformismo, lo acompañaran siempre los que nunca se
han apartado de usted: los dolores de cabeza, de espalda, la presión alta, la
gripa y otros tantos de estos fieles amigos.
La próxima que se encuentre con uno de éstos échele la culpa a la
comida, al colchón donde duerme, al frio de la mañana pero también pregúntese, cual es el
conflicto interior de mi vida que mi cuerpo me recuerda cada vez que me
enfermo?.
[1] De acuerdo a la revista
especializada Proceedings of National Academy of Science, la esperanza de vida
de los Neandertales y Homo Sapiens estaba entre los 20 a 40 años.
[2] Es muy amplia la lista de
enfermedades compartidas con primates como los monos: dengue, la fiebre
amarilla, el sarampión, hepatitis, entre otras.
[3] Algunas versiones también
incorporan en la historia a Hermes, el dios mensajero, quien conmovido por los
alaridos de Zeus le solicita a Hefestos que le abra la cabeza con una cuña y un
mazo.
[4] Los estados de bienestar nos
colocan en una mejor reacción del sistema inmunológico frente a toda amenaza
externa y esto redunda en un mejor estado de salud. Por el contrario son muchos
los estudios científicos que han demostrado que el estado de animo negativo o
estados depresivos se asocian a diferentes grados de inmunosupresión (la
inhibición de uno o más componentes del sistema de defensa de nuestro cuerpo).
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