lunes, 15 de julio de 2013

El Mito de Atenea.....



El mito de Atenea o la enfermedad como fuente de sabiduría.

Es indudable que el dolor, las enfermedades y el hombre nacieron el mismo día.  Nuestros antepasados, todos esos “homos” que nos antecedieron evolutivamente hasta llegar a la especia humana tal y como la conocemos hoy,  seguramente lo debieron haber vivido constantemente en cada uno de sus quehaceres: conseguir alimento, buscar refugio seguro, proteger a sus crías, todo conllevaba algún riesgo o amenaza de las que si bien salían vivos por la buena fortuna, de seguro quedaban heridas que en el peor de los casos les podían causar la muerte. [1]

Ahora bien, precisar el momento en que el hombre comenzó a experimentar dolores de espalda, de muelas o el común y corriente dolor de cabeza es una labor bastante ambiciosa por decir lo menos; basta tener en cuenta que así como nosotros el resto animales también sufren dolores de igual o peor naturaleza que los que nosotros padecemos y  por ende,  es muy probable que las primeras enfermedades que hoy conocemos las sufriera algún primate en el África ecuatorial  hace 5 o 4 millones de años.[2]
 
Si nos impulsamos y damos un salto largo en la historia y caemos en la Antigua Grecia, las enfermedades desde siempre han estado importunando la vida de los hombres y de los mismos dioses.  A diferencia de nuestra era,  para los griegos los dioses estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres y no al revés, y por tanto los dioses eran seres inmortales, con poderes extraordinarios pero también bastante humanos, muy pasionales, que además sufrían como cualquier mortal con dolores tanto del alma como del cuerpo.

De esto no se salvaba ni el mismo Zeus, el Rey de los dioses del Olimpo. Cuenta la historia que alguna vez Zeus estaba desesperado, dando gritos estruendosos por todo el firmamento por un dolor de cabeza imposible de soportar.  Solo Hefestos, dios del fuego, pudo calmar el tormento dándole un soberbio hachazo en toda la frente, emergiendo de la herida Atenea, diosa de la sabiduría, la estrategia, de las artes, de la justicia y de la habilidad.

Sin intentar hacer un riguroso análisis de este episodio y solo circunscribiéndonos a los acontecimientos, es evidente que a Zeus le dio un ataque de migrañas, él mismo que en momentos de desesperación provoca darse contra las paredes o abrirse la cabeza con un hacha.  Algunas versiones ulteriores de este mito añaden que Zeus antes de ser embestido por Hefestos, se sumergió en las frías aguas  del lago Tritón deseoso de hallar reposo a su tormento,  tal y como lo hace cualquier infeliz desgraciado cuando es presa de una punzante jaqueca.[3]

El elemento que merece importancia en este punto es que toda enfermedad, esconde una fuente preciosísima de sabiduría, es una veta de conocimiento e información que nos ilustra sobre nosotros mismos y nuestra vida.  La enfermedad le da la oportunidad a Zeus de sacar de su propio ser el conocimiento y la inteligencia, encarnado en la figura de la diosa Atenea, siempre virgen e incorruptible, racional y estratégica que no es seducida por las pasiones e intereses egoístas del mundo y que por siempre ocupa uno de los sitiales en la cumbre del Olimpo como una divinidad principal.

Entonces llego la hora de repensar y redefinir  las enfermedades, consideremos que además de ser causa de sufrimientos, dolor, angustia y pena, hay que también concederles  un don especial que solamente a través de los griegos pudimos inferir gracias a su fascinante cultura y cosmogonía: la enfermedad nos permite tomar conciencia de nuestro mundo interior, en otras palabras nos habla de nuestra mente y nuestro espíritu y de la posibilidad de conocerse uno mismo para alcanzar la verdadera sabiduría como lo dice Sócrates.

Es nuestro deber encontrar la forma en que podamos utilizar esa  información codificada de la enfermedad,  y convertirla en elemento valioso de nuestro propio beneficio, en el motor hacia la curación del alma y del cuerpo. Para Hipócrates, padre de la medicina, y también para sus antecesores, la salud era el resultado de un equilibrio básico entre el espíritu y las condiciones físicas, cuando se alteraba esa armonía aparecían las enfermedades.

Pues bien, siguiendo este razonamiento, toca determinar en un principio cuáles son esos factores desestabilizantes que atentan contra nuestro bienestar, eso mismo que no deja que mi vida sea feliz y plena es también la causa emocional de mis quebrantos de salud. No hace falta ir donde un psicólogo o algo parecido, aunque si lo cree necesario hágalo, pero mas allá de eso pregúntese ¿qué deseo ser en mi vida y qué es aquello que me lo impide?. En la respuesta encontrará la razón emocional de su enfermedad y con su solución me atrevo a decir que también el tratamiento para la curación.

Sin embargo, la respuesta a estos dos interrogantes no es fácil si antes no se ha hecho un trabajo previo de continua reflexión. Saber que quiero ser y hacer es de hecho la cuestión más importante de todas, porque ella determina en gran medida el grado realización frente a la vida, define si cada día arroja un balance satisfactorio o si por el contrario solo es rutina que evidencia de forma palpable nuestra frustración. 

A veces es más fácil saber primero lo que no quiero hacer en mi vida porque paradójicamente es lo mismo que actualmente estamos haciendo, es nuestra lamentable realidad. Me encuentro haciendo algo que definitivamente no me gusta y ello me produce tristeza cada vez que reflexiono y soy consciente de ello. Y ojo que no estoy hablando solo de trabajo como puede parecer, me refiero también al aspecto sentimental (¿estoy con la persona que quiero?), a la relación con mi familia (¿me gusta tenerlos cerca?), con mis amigos (¿son de verdad amigos?), conmigo mismo (¿me aprecio como soy?)  etc.

Piense si en cada uno de los aspectos de su vida usted se siente satisfecho, si no es así, medite cual es la recompensa que obtiene de hacer lo que no quiere: un sueldo, compañía, status, etc.  Ahora contémplese haciendo lo que usted sospecha o imagina que ha querido ser y además con las mismas o mejores recompensas que actualmente está obteniendo haciendo lo que no le gusta. Agréguele a lo anterior una salud envidiable, porque si usted hace lo que quiere ser, por añadidura gozará de excelente salud. [4]

No cree que vale la pena transformar su vida en procura de estos objetivos. Tómese su tiempo, observe su vida en retrospectiva y analice que aspecto de su vida le genera inconformidad, haga el ejercicio y visualice como le gustaría que fuera.  Hasta este punto ya tiene mucho ganado porque ha podido determinar que quiere para su vida en ese aspecto en especial. O si quiere también puede transportarse a los momentos de su vida donde disfrutó  lo que hacía, o donde estaba con las personas que quería o se sentía a gusto con su apariencia, etc. De lo que se trata es que usted traiga todos esos momentos y los convierta en su proyecto de vida de ahora en adelante. 

Muy probablemente después que haga esto lo primero que va a llegar a su mente son todas las 90 mil razones para desestimar y echarle tierra a estos pensamientos.  Va a poner todos los 100 mil obstáculos y otro tanto de personas para hacer esto imposible en lugar de comenzar a pensar que hago para que mi día a día comience a cambiar, porque esto necesita una determinación diaria de cambio para que nuestro mundo se transforme o como mejor lo decía Gandhi “sé tú el cambio que quieres ver en el mundo.”

Hace poco un amigo me decía que uno de las cosas que mas lo indisponía y que era capaz de dañarle un buen día era el tráfico de la ciudad. Intento evadirlo de muchas formas, cambio sus rutinas de trabajo, en lo posible no salía sino para lo estrictamente necesario, pero cuando salía de la casa por alguna razón siempre volvía su mal genio. Hasta que un día se decidió y compró una motocicleta y decidió probar a ver cómo le iba.

La última vez me dijo que estaba encantado, que salía cada vez que quería sin molestarse ni insultar a nadie, que incluso además de no lidiar con el trafico, ahora gastaba menos en gasolina, en impuestos, en peajes que esa idea había sido una maravilla y que además estaba pensando en vender el carro porque ya no lo veía como algo necesario. De esto hablo cuando me refiero a las pequeñas transformaciones: si algo es de verdad insoportable para nosotros no nos quedemos solo en  la interminable quejadera, hagamos cosas para que nuestra realidad cambie, de lo contrario si se queda sin hacer nada está demostrando que aquello por lo que alega tanto no es tan insoportable como usted dice.

Pero tranquilo que no estará solo en su conformismo, lo acompañaran siempre los que nunca se han apartado de usted: los dolores de cabeza, de espalda, la presión alta, la gripa y otros tantos de estos fieles amigos.  La próxima que se encuentre con uno de éstos échele la culpa a la comida, al colchón donde duerme, al frio de la mañana pero también pregúntese, cual es el conflicto interior de mi vida que mi cuerpo me recuerda cada vez que me enfermo?.


[1] De acuerdo a la revista especializada Proceedings of National Academy of Science, la esperanza de vida de los Neandertales y Homo Sapiens estaba entre los 20 a 40 años.
[2] Es muy amplia la lista de enfermedades compartidas con primates como los monos: dengue, la fiebre amarilla, el sarampión, hepatitis, entre otras.
[3] Algunas versiones también incorporan en la historia a Hermes, el dios mensajero, quien conmovido por los alaridos de Zeus le solicita a Hefestos que le abra la cabeza con una cuña y un mazo.
[4] Los estados de bienestar nos colocan en una mejor reacción del sistema inmunológico frente a toda amenaza externa y esto redunda en un mejor estado de salud. Por el contrario son muchos los estudios científicos que han demostrado que el estado de animo negativo o estados depresivos se asocian a diferentes grados de inmunosupresión (la inhibición de uno o más componentes del sistema de defensa de nuestro cuerpo).

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